El arquitecto veleño Francisco Ortega Ruiz, fundador del estudio-taller FORarquitectura, ha pasado por los micrófonos de Fusión Radio para profundizar en su trayectoria y desgranar la filosofía que guía su trabajo.
AUDIO DE LA ENTREVISTA
El encuentro tiene lugar tras haber sido galardonado con dos accésit en los prestigiosos Premios Málaga de Arquitectura 2026, organizados por el Colegio Oficial de Arquitectos de Málaga (COAM). En una enriquecedora conversación, el arquitecto analiza al detalle sus dos proyectos reconocidos: la Casa Sotarrá, en el barrio malagueño de El Palo, y la Casa Acordeón, en el municipio de Arriate.
La «arquitectura del olvido»: El humanismo como pilar del diseño
Francisco Ortega se licenció en la Universidad de Granada en el año 2016. En su paso por las aulas, como suele ocurrir en la disciplina, experimentó la brecha existente entre el plano académico —volcado en la creatividad, la especulación formal y la libertad de experimentación— y el choque con la realidad de la calle al comenzar el ejercicio profesional, fuertemente condicionado por normativas, presupuestos y procesos burocráticos.
A raíz de la pandemia del COVID-19, Ortega decidió dar el paso definitivo: «En 2020 ya dije: ahora o nunca». Así nació su proyecto propio, FORarquitectura, con el propósito de poner el foco en la humanización del espacio, el aprendizaje a través de la observación de la arquitectura tradicional y el respeto hacia lo que él denomina la «arquitectura del olvido». Para Ortega, cualquier diseño debe situar siempre las necesidades reales del ser humano en el centro de la ecuación.
Casa Sotarrá: «Remendar» el patrimonio marinero de El Palo
La historia de la Casa Sotarrá (El Palo, Málaga) es un ejemplo de cómo la investigación académica puede transformar realidades. El germen de este proyecto se encuentra en el trabajo de fin de máster de Ortega, centrado en la compleja situación urbanística, jurídica y patrimonial de las barriadas de El Palo y Pedregalejo.
A raíz de un artículo de divulgación sobre este estudio publicado por el periodista Alfonso Vázquez en La Opinión de Málaga, ilustrado con la imagen de una vivienda concreta, el propietario de dicha casa localizó al arquitecto. La edificación, una típica casa de pescadores de los años 30, sufría graves problemas estructurales y de habitabilidad: con estancias minúsculas que no alcanzaban los mínimos exigidos por las ordenanzas y una distribución tan precaria que los inquilinos debían salir al patio exterior para poder cocinar o acceder al cuarto de baño.
El nombre del proyecto, Sotarrá, rinde homenaje directo al léxico marinero de El Palo. Recogido en el vocabulario popular del barrio pesquero, el término «sotarraer» o «sotarraez» designa la labor de remendar y reparar las redes de pesca dañadas. «El trabajo que teníamos que hacer en esta casa era precisamente un remiendo, una reparación hecha con mimo y cariño», explica Ortega.
El desafío técnico e interior
Sometido a las estrictas limitaciones de volumen y planta marcadas por la Ley de Costas y la Gerencia de Urbanismo, el proyecto respetó de manera fidedigna la característica planta en forma de «U» de la parcela y su patio delantero. Sin embargo, el interior se redistribuyó por completo para dotarlo de dignidad espacial:
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Zona de noche: El paquete de dormitorios (dos habitaciones y un baño central) se desplazó hacia el fondo de la «U».
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Zona de día: Las estancias públicas (cocina, comedor y salón) se abrieron por completo hacia el patio y, a través de él, al mar.
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La cubierta: Se restituyó la cubierta original a dos aguas utilizando teja plana alicantina, elemento constructivo propio de los barrios autárquicos malagueños de mediados del siglo XX. No obstante, el sistema se actualizó aplicando estándares contemporáneos: se instaló una cámara microventilada entre la teja y el aislamiento térmico para disipar el calor de forma natural y mejorar notablemente el comportamiento energético del inmueble.
Casa Acordeón: Fragmentación y diálogo con la Serranía de Ronda
El segundo reconocimiento del jurado del COAM recayó sobre la Casa Acordeón, ubicada en el paraje de Los Picachos, en el término municipal de Arriate. Se trata de una zona rural de gran valor paisajístico que arrastraba las secuelas de la crisis inmobiliaria de 2008, con viales e infraestructuras que habían quedado a medio desarrollar. Allí, una familia local decidió levantar la vivienda de sus sueños con una premisa clara: sencillez, integración en el territorio y ausencia total de barreras arquitectónicas.
Para dar respuesta a los requerimientos de la propiedad y salvar un desnivel de más de dos metros en la parcela, Ortega diseñó el proyecto mediante un singular proceso de observación: durante los meses de confinamiento y restricciones, el arquitecto partía de madrugada desde Málaga para apostarse en el terreno antes del amanecer, analizando la trayectoria de la luz solar desde su silla de playa.
El diseño final plantea una concatenación de tres módulos cuadrangulares independientes —unidos por pasarelas transitables— y un pórtico de acceso que actúa como cochera. El conjunto emula la volumetría de un papel plegado.
El «método de integración por partes»
A través de la fragmentación de la vivienda, el proyecto consigue que el paisaje exterior se cuele de forma constante en el interior, enmarcando distintas visuales de la sierra a medida que se recorre la casa.
Pensando en la comodidad de la propietaria, Toñi, toda la planta baja se desarrolla libre de barreras arquitectónicas, albergando la totalidad del programa diario (salón, cocina, baño y dormitorio principal). Por su parte, el módulo central, de mayor altura, reserva su planta superior para dos dormitorios adicionales y un baño destinados a acoger a sus hijas y familiares cuando visitan el hogar. El resultado exterior, protegido por un tapial blanco, evoca la sobria estética del tradicional cortijo andaluz.
El «bloque cebra» frente a la arquitectura con arraigo
Durante la entrevista, Francisco Ortega también invitó a reflexionar sobre el rumbo estético y técnico de las nuevas promociones en la provincia. El arquitecto veleño critica la proliferación de un modelo residencial «clónico», caracterizado por bloques cúbicos en blanco y negro —lo que denomina el «bloque cebra»—, idéntico tanto si se edifica en Torremolinos como en Estocolmo.
Haciendo eco de sus conversaciones con el veterano arquitecto Jerónimo Junquera, afincado en Nerja, Ortega traza un paralelismo con el mundo de la restauración: «Igual que los cocineros han sabido reinventar la gastronomía utilizando los productos más locales y humildes, en arquitectura deberíamos saber reinterpretar y dignificar el uso de nuestros materiales tradicionales».
El error de las persianas negras en el sur
Para ilustrar las contradicciones de importar tendencias ajenas al clima mediterráneo, Ortega señala el uso de persianas exteriores de color negro en fachadas expuestas al sol. «Una persiana negra colocada detrás de un ventanal de vidrio funciona, bajo nuestro clima, como un acumulador de calor. Estamos metiendo un auténtico horno dentro de la vivienda», advierte.
Frente a esto, el arquitecto defiende el uso de soluciones tradicionales de protección solar, como las persianas alicantinas de madera o PVC. Al descolgarse por fuera de la barandilla, estas persianas generan un colchón de aire en movimiento que frena el impacto del sol antes de que alcance el vidrio, permitiendo mantener la estancia ventilada y fresca de manera natural.
Con proyectos como los de FORarquitectura, Francisco Ortega demuestra que la modernidad no está reñida con el respeto a las raíces y al entorno natural. Unos reconocimientos que ponen en valor la arquitectura popular, esa «arquitectura del olvido» que define la identidad, la sostenibilidad y la escala humana de nuestros pueblos y barrios








